La Gran Agricultura ENTERRÓ Estas 20 Verduras (Son 10 Veces Más Fuertes Que los OGM).
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La Gran Agricultura ENTERRÓ Estas 20 Verduras (Son 10 Veces Más Fuertes Que los OGM).
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Hoy, el terreno ya no es el mismo. Unos cincuenta árboles frutales se alinean donde antes solo había un campo vacío. Dentro de un año serán casi cien, acompañados de flores, árboles floridos y un seto campestre que protege y da forma al lugar.
El entusiasmo se contagia. “Es un placer poder compartir esto con todos los vecinos del pueblo”, ha dicho uno de los habitantes. Otro imagina escenas cotidianas aún lejanas: “Es agradable poder hacer mermelada de vez en cuando y tener fruta directamente del árbol”. Eso sí, el huerto exige tiempo. Se necesitarán unos cuatro años antes de que lleguen las primeras cosechas. Pero nadie parece impaciente. El proyecto ya cumple su función: reunir, ilusionar y devolver a la tierra un uso común.
“Es una donación al municipio de nuestra infancia”, ha resumido la familia Éprinchard. Como reconocimiento, una placa con su nombre se instalará a la entrada del huerto. Hasta entonces, el campo sigue allí, creciendo en silencio. Y con cada árbol plantado, la historia avanza, lenta pero firme, hacia el día en que alguien arrancará una manzana del árbol y recordará que todo empezó con una promesa.
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La migración es un duelo real. Con esto, se refleja el impacto emocional de dejar el país de origen, abordando el fenómeno desde la perspectiva de quienes han emigrado y de especialistas en salud mental. Y es que en definitiva, el desarraigo afecta la identidad, la nostalgia y el sentido de pertenencia de los migrantes.
La psicóloga Verónica Buchanan (MN 39502) explicó que el duelo es una de las palabras que quizás mejor representa el trabajo psíquico que implica empezar a vivir en otro país. Según la experta, el proceso migratorio no solo implica adaptarse a un nuevo idioma o entorno, sino que supone un trabajo del aparato psíquico, un trabajo de la persona para transformarse en otro a partir de una pérdida. Esta transformación, puede llevar a que la persona realmente pase a ser otra, “aunque lleve sus huellas, aunque lleve sus orígenes”.
Conversación en el estudio de Infobae con Verónica Buchanan Foto: Diego Barbatto
La migración implica una pérdida múltiple: no solo se deja atrás la vida cotidiana y los vínculos, también se renuncia a grandes aspectos de la vida: desde marcas de nacimiento como los tonos al hablar, las palabras familiares; hasta situaciones diarias, tan simples como las marcas que se compran y encuentran en el supermercado. Evidenciando que el duelo migratorio se manifiesta en los detalles más cotidianos.
Una de las cosas a las que quizá no se le pone atención, es que se termina perdiendo básicamente el país de origen, porque “sabes que a pesar de que vuelvas, no es el mismo lugar que dejaste”. La añoranza, se dirige hacia algo que ya no está, algo que ya no existe, tanto la persona que se fue, como el entorno que quedó han cambiado. La especialista coincidió en que la nostalgia o la añoranza es el afecto más íntimo quizás de la migración: la añoranza por algo que definitivamente se perdió.
Verónica Buchanan (Foto: Diego Barbatto)
Sin embargo existe la posibilidad de transformar la nostalgia en una fuerza positiva. La psicóloga citó a la escritora Melinda Tom, autora de “La nostalgia feliz”, para ilustrar cómo la memoria y las huellas del pasado pueden integrarse en la vida presente sin convertirse en un obstáculo. “Se trata justamente del trabajo para recuperar esas huellas, esas marcas, esa historia que es la que hace que una vida sea la vida de una misma, sin que funcionen como un yunque, como un peso”, explicó.
Es importante resaltar el papel de la comunidad y la importancia de reconstruir lazos sociales en el país de destino. La especialista relató el caso de una mujer que, tras emigrar, encontró apoyo en un grupo de inmigrantes de habla hispana a través de redes sociales. “Lo importante es recuperar la noción de vecindad, de comunidad, de poder ir tejiendo nuevos lazos con los que nos rodean en la vida cotidiana”, afirmó.
La soledad y la sensación de no pertenecer a ningún lugar constituyen uno de los desafíos más profundos de la migración. “Es la soledad del limbo, el dolor más profundo de la migración, esa experiencia de no pertenecer al lugar de donde uno se fue y tampoco terminar de pertenecer en el lugar donde uno vive”, resumió la especialista.
Cinzia y Verónica (Foto: Diego Barbatto)
El sentimiento de no ser “ni de aquí ni de allá” suele ser recurrente en los testimonios. Muchas personas aseguran que al regresar a su país de origen ya no se sienten parte de él, pero tampoco logran integrarse plenamente en el país de acogida. La psicóloga explicó que “construir lugares de pertenencia puede llevar muchos años de una vida” y que el sentimiento de pertenencia se desarrolla cuando la persona logra realizarse en el nuevo entorno, por ejemplo, al establecer rutinas laborales o sociales.
El papel de la tecnología en la experiencia migratoria también es relevante. Aunque las redes sociales y aplicaciones de mensajería permiten mantener el contacto con amigos y familiares del país de origen, la especialista advirtió que “el celular muchas veces nos juega una mala pasada porque nos da la sensación de que porque seguimos conversando a través de WhatsApp con nuestros amigos, vecinos y nuestro mundo de ese otro lugar, estamos allá y en realidad no estamos allá”. Recomendó utilizar estos medios como herramientas de comunicación, pero no como sustitutos de la convivencia y la integración en el presente.
El aire es puro. El paisaje, serrano. Y no es una frase de eslogan de publicidad. La lejanía de la ciudad se siente. Aquí el sonido es el de los cantos de los pájaros. Y la postal, el cielo celeste fundido con los pastizales como horizonte. En un mundo donde vivir en lugares naturales con mínimo impacto de la actividad humana ya no es tarea sencilla, este barrio se vuelve una especie de oasis. Algo así significa llegar a Prados del Sol, una comunidad sustentable en la localidad de Tornquist, a ocho horas de la capital argentina, Buenos Aires. “El lugar está destinado a gente que quiera vivir de manera más sustentable con el planeta”, asegura Maximiliano D‘Onofrio, socio fundador del barrio, mientras camina delante de su casa bioclimática que hizo junto a su pareja Gabriela y su hijo Taiel, de 10 años.
“Enclavarse en esta zona geográfica es clave para el futuro, teniendo en cuenta las proyecciones relacionadas con el cambio climático, altura del nivel del mar, clima, relieve, y queda cerca de algunas ciudades grandes con servicios básicos. Este es un terreno con pendiente, lo que quiere decir que tiene energía incorporada por la fuerza de gravedad, que si encima mira hacia el norte, captamos mejor los soles de invierno y verano”, explica a América Futura Maximiliano D’Onofrio.
Este barrio de 70 hectáreas está gestionado por vecinos y se abastece de energías renovables. Ya cuenta con más de una decena de casas de lo más variadas, desde earthships (construcciones que están hechas con materiales reciclables, como por ejemplo neumáticos, y con un invernadero delante que hace que se mantenga de manera más natural la temperatura), hasta casas desmontables y otras hechas con materiales como paja o barro.
Las casas buscan autoabastecerse con agricultura orgánica y eficiencia energética a partir del uso de las energías renovables, así como aprovechar el agua y gestionar sus propios residuos. Por eso, cada vivienda tiene sus huertas o árboles frutales y su compost. Algunas fueron hechas por las propias familias que las habitan y otras por emprendimientos que se dedican a la bioconstrucción para sacar el mayor provecho a las condiciones climáticas de la zona.
“Las construcciones son eficientes”, se lee en la web del proyecto. “Sus materiales tienen el menor impacto, ya que se busca la conexión con el entorno, la permanencia de lo natural, la generación de energías renovables y la soberanía. Con una ubicación estratégica por las alturas y los vientos, con una excelente expectativa ante el cambio climático”. El socio fundador de Prados del Sol explica que se ha promovido “el loteo sin servicios”, el sistema off-grid, es decir que no tiene sistemas de energía provenientes de las urbes. “Son 79 lotes de un barrio de 70 hectáreas: hay lotes de 5.000 metros a 20.000 metros, diseñados para que tenga casi todas las necesidades para vivir bien”, detalla D’Onofrio.
Este guardaparques de 48 años decidió comenzar este proyecto hace ocho años en busca de una vida más ecológica. “Ya van cinco años desde que nos hemos mudado a esta casa en un estado menos avanzado del que se ve ahora. Las paredes de barro crudo permiten absorber humedad y temperatura”, cuenta D’Onofrio. Su vivienda realmente parece sacada de un documental de NatGeo. Tiene forma cóncava y el primer ambiente es un invernáculo. Su pareja Gabriela es bióloga, conservacionista y trabaja mucho online. Afuera hace frío. Sin embargo, en el interior no se siente.
El interior de la casa de D‘Onofrio.AGUSTINA GRASSO
El sistema de calefacción que usa hace parecer que en el interior hay encendido algún artefacto. Pero no. Es sólo la energía del sol y la capacidad de la construcción para albergar el calor. “Tenemos complementos a leña. Por ejemplo, hemos adaptado una estufa previa que teníamos de hierro que ahora es termotanque a leña, o sea que, cuando se prende, ahora calienta el agua, el horno y la calefacción”, explica D’Onofrio.
Las energías renovables, aquellas fuentes energéticas basadas en la utilización del sol, el viento y el agua, se caracterizan por no utilizar combustibles fósiles, sino recursos capaces de renovarse ilimitadamente. Su impacto ambiental es de menor magnitud dado que además de no emplear recursos finitos, no contaminan.
Maximiliano D’Onofrio es consciente de esto. En medio de la cocina, como si fuera un filósofo, pregunta: “Che, ¿de dónde sale la energía que nos sirve para la vida? ¿Cómo hacemos para obtenerla? Bueno, nos hemos ido mucho por el lado de qué necesito comprar cuando la primera pregunta debería ser dónde debo dejar de gastar. La mejor energía, la más ambiental, es la que no se consume”, explica antes de explicar el efecto positivo del invernadero que tiene frente a su casa. Respecto al efecto positivo del invernadero que tiene frente a su casa, asegura que la “energía solar pasiva”, ayuda a templar la vivienda y reduce la necesidad de otras fuentes como leña para calentarla.
D’Onofrio además tiene paneles solares fuera de su casa para bombear el agua hasta ella. “Son como 100 metros de desnivel que sube el agua, únicamente con la fuerza del sol. Así que aprovechamos a bombear de día lo que necesitamos. Necesitamos mucho menos que la capacidad de bombeo y eso es bueno porque cuidamos muy bien el agua. Estamos trabajando de una manera autónoma y sin costes de combustibles para aprovechar las energías que sí existen naturales y que se pueden sostener en el planeta y tenemos agua”, agrega.
Para poner en marcha un sistema de bombeo como este con energía solar, D’Onofrio calcula que hay que invertir entre 1.500 y 3.000 dólares, teniendo en cuenta que cada panel cuesta unos 200 dólares.
Un edificio en construcción en el barrio.AGUSTINA GRASSO
La familia aprovecha para bombear el agua los días de sol. “Un set de baño, que es de 200 litros, nos brinda agua caliente para dos días enteros de toda mi familia. E incluso si hay heladas no se enfría el agua”, detalla D´Onofrio. Además, puedo poner más tanques para almacenar agua. “Cuando hay días nublados o a la noche puedo seguir usando el agua que hay almacenado arriba del cerro”, explica.
Para iluminar y dar energía a su vivienda, usan paneles solares de 300 vatios que les permite tener una instalación eléctrica “como cualquier casa de ciudad, con los mismos aparatos”. Este sistema les permite, además, almacenar la producción fotovoltaica que sobra en baterías.
A pocos minutos de la casa de Maximiliano, vive Ignacio Citti, un técnico en computación con trabajo remoto que se convirtió en otro de los socios fundadores del barrio, donde vive hace cinco años. Él, además, ha creado El Petricor, una cría de “gallinas felices” en los alrededores de su casa, que se abastece de energías renovables y calefacción sostenible.
Cada mañana, él y su pareja, que es docente, juntan la primera camada de huevos para empezar el día. Citti dice que pertenecer a la era en la que “todo se aprende por YouTube” le ayudó a construir gran parte de su casa. Así, con lo que aprendieron en línea, levantaron las paredes e hicieron ladrillos de adobe. “Tenemos cuatro paneles de 320 vatios cada uno. El inversor tiene dos funciones: convertir la energía continua en energía alterna y cargar los dos bancos de baterías que tenemos. La otra función es alimentarse de baterías cuando está nublado o de noche”, explica.
Ignacio Citti y su pareja frente a los paneles solares.AGUSTINA GRASSO
Con los paneles alimenta la heladera, dos computadoras, luces, una licuadora y otros electrodomésticos. En los días nublados, no usan el lavarropas, ni la amoladora. Pero, cuando hace mucho sol hasta le sobra energía. “Los días de verano son muy largos y los de invierno muy cortos. Es cuando más tenemos que cuidar la luz”.
Antes de llegar a Prados del Sol, Ignacio y su pareja vivían a las afueras de Buenos Aires. “Siempre quisimos escaparnos de la ciudad e ir a vivir a una zona rural. Cuando vimos el proyecto, nos encantó la idea”, cuenta. “Compramos cuando todo esto era trigo y durante muchos años vivimos solos con el campo. El cambio fue drástico. No es para cualquiera, aunque todos deberían hacer el esfuerzo de intentarlo”.
La experiencia de Tornquist no es la única. En distintos países, hay pequeñas burbujas anti cambio climático. Se trata de “comunidades energéticas”, es decir, grupos de personas que arman organizaciones colectivas para producir, distribuir, gestionar y consumir su propia energía limpia y vivir de manera más consciente con el planeta. Una alternativa que, quizás, cada vez se plantean más personas ante el avance del cambio climático.
El letrero a la entrada del barrio.AGUSTINA GRASSO
En las laderas del Monte Telaithrion, en la isla de Evia, un grupo de jóvenes griegos abandonan la ajetreada ciudad y crean una comunidad rural autosuficiente.
Su objetivo es comer sólo los productos orgánicos que ellos cultivan, para liberarse de la red eléctrica nacional, e intercambiar lo que cultivan en lugar de utilizar dinero.
El proyecto, cuyo objetivo final es crear una escuela para la vida sustentable, es idea de cuatro atenienses que se conocieron online, en 2008, y se unieron vinculados por su descontento con la rutina diaria de la vida en la ciudad.
Al segundo año de vivir permanentemente en un paraje boscoso al lado del pueblo de Aghios, 80 por ciento de los alimentos que consumen ahora vienen de sus dos huertas y de los frutos que recogen de los árboles.
El grupo, en el que casi todos siguen una estricta dieta vegetariana, duermen en comunidad, en “yurtas”-portátiles, o viviendas como carpas de lona a menudo vistas en Asia Central.
Lo que queda en sus jardines, lo intercambian en el pueblo por suministros que no pueden producir.
Apostolos Sianos, co-fundador de 32 años de edad, renunció a un trabajo bien remunerado como diseñador de sitios web, en Atenas, para ayudar a comenzar la comunidad, llamada ‘Free and Real”.
[Apostolos Sianos, co-fundador de ‘Free and Real‘]:
“La crisis o las medidas de austeridad en realidad no le afectan porque usted crea su vida y su futuro día a día, no tienen nada que ver con el círculo exterior. Nos puede haber afectado; pero sólo de buena forma porque más y más personas están dispuestas a ser autosuficientes y sostenibles. Así que nos contactan ya que más y más gente después de la crisis quiere involucrarse”.
El grupo usa activamente las redes sociales, y el año pasado más de un centenar de personas de Grecia y del extranjero preguntaron cómo unirse o colaborar de alguna manera.
Dionysis Papanikolaou, por ejemplo, abandonó una lucrativa carrera académica para estar más cerca de la naturaleza y lejos de la pesada atmósfera de la crisis financiera en Grecia.
[Dionisio Papanikolaou, miembro del grupo]:
“Si se la pasa leyendo noticias o viendo TV, sólo hablan de la crisis, la crisis y la crisis, incluso inconscientemente, dices: ‘¡la crisis!’. Aquí, no hay crisis. Es decir, no hace ninguna diferencia”.
El grupo se enorgullece de ser autosuficiente.
[Panagiotis Kantas, co-fundador de ‘Free and Real’]:
“La realidad de la vida está justo fuera de su puerta. Cuando usted quiere entrar en calor, en realidad tiene que salir por la madera, recoger leña y llevarla a casa para entrar realmente en calor”.
Actualmente, se organizan seminarios sobre agricultura orgánica y se elaboran planes para una gran escuela de vida sostenible que se construirá a fines de este verano, para lo cual se recaudó dinero en un sitio de crowdfunding en Internet.
[Panagiotis Kantas, co-fundador de ‘Free and Real’]:
“Sólo trato de ser el cambio que quiero ser, en vez de esperar que un gobierno haga el cambio, o en vez de votar por alguien que haga el cambio. Yo trato de ser ese cambio”.
16 agosto 2012